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La Batalla Eterna

El campo de batalla se extendía hasta donde el cielo se unía con la tierra. Nadie recordaba porque y cuando había comenzado, y nadie sabía cuando acabaría. Legiones de hombre llegaron a enfrentarse y legiones seguían llegando. En ese lugar había tanta muerte, que todo parecía estar alfombrado por cadáveres putrefactos. Aquellos ríos de agua dulce, que antes surcaban la tierra, ahora eran extensos ríos de sangre. Todo el valle destilaba un hedor putrefacto haciendo que, no solo se luche contra otros, sino también con la fiebre que vagaba por ese lugar.
Docenas, cientos y miles de gritos de dolor y brío se mezclaban en uno solo. Los millones de guerreros rojos de mezclaban con los millones de guerreros azules. Por donde se mire los destellos del hierro chocando, iluminaban como astros la batalla eterna. Era el Apocalipsis y el Génesis gestándose simultáneamente.
De entre todos esos guerreros muertos nacieron muchas leyendas, pero había uno que era una leyenda viviente, y que su hombría y valor era imitado pero no igualado por todos los que lo acompañaban en la lucha eterna. Era una inspiración para todos, su nombre era Montario. Había llegado a la batalla eterna apenas salido de la pubertad, y ahora luego de noventa años era todo un guerrero, y como todo hombre de batalla aun sabiendo que moriría en ese lugar, luchaba con todo su ser para defender aquello que se había olvidado.

En solo unos minutos se iban a cumplir cuatro meses de lucha ininterrumpida. Montario, sentía los pies muy pesados, y sin darse cuenta su ímpetu de lucha lo había llevado al lodazal. En ese lugar hundido en treinta centímetros de barro y sangre, le resultaba difícil luchar pero de todas formas no se inmutaba y para ese momento llevaba masacrando a más de quinientos enemigos. En el lodazal solo la casaca roja de Montario se mostraba imponente, y el sonido de los huesos quebrarse bajo el peso de su espada, era lo único que se escuchaba. Para Montario eso y el grito de agonía de sus enemigos, era una melodía para sus oídos.
Los guerreros rojos, afortunados por contar con Montario, únicamente caminaban tras sus pasos sabiendo que solo debían ir eliminando a moribundos. Pero ese día viendo que su leyenda se adentraba en el lodazal, no pudieron seguirle porque ninguno contaba con la corpulencia para caminar hundido entre tanto barro. Entonces comenzaron a llamarle desesperadamente, pero fue inútil, Montario no escuchaba.
En ese momento los guerreros azules, viendo que sus enemigos bajaban sus armas preocupados por su legendario guerrero. Arremetieron contra ellos con una bravura arrolladora, eliminándolos fácil y rápidamente. Así uno a uno las casacas rojas caían uniéndose a los ríos de sangre. Inesperadamente la batalla que había durado toda una existencia, ahora parecía que llegaría a su fin. Ante semejante suceso una voz rauda se propagó por todo el valle y como hormigas los guerreros azules acrecentaron su número reclutando a todo aquel que pudiera empuñar una espada, y de esa forma poder defender aquello que no se sabía. Entonces desde lo alto, el valle que antes era azulgrana, ahora rápidamente se tornaba de color azul, e insospechablemente comenzó a escucharse un bramido de gloria.
Montario en su ciega lucha comenzó a escuchar ese clamor, y ante semejante ocurrencia, se rió jactanciosamente de sus enemigos, gritando a los cuatro vientos, que no sabían lo que decían. Pero los guerreros de casacas azules, impávidos se limitaron a observarlo y mostrarle a esa leyenda, aquello que no podía ver desde las zonas bajas y el lodazal, así que bajando sus armas se hicieron a un lado y le dejaron pasar formando un sendero, para permitirle salir del lodazal y subir hasta las zonas altas.
Con desconfianza Montario caminó alerta por ese pasillo formado por casacas azules, y al final luego de haber caminado cientos de kilómetros y subir hasta lo alto de un risco, observo en todas direcciones. Sus ojos entonces no dieron crédito a lo que veían, todo ese valle que él recordaba azulgrana, ahora era completamente azul. De sus ojos cayeron lágrimas de dolor y angustia. Nunca se había sentido de esa forma, porque nunca se había imaginado que podría pasar si la lucha eterna llegaba a su fin, y ahora que el final se había presentado no sabía como reaccionar. Parado sobre ese risco, en lo alto del valle, Montario se veía sombrío y gigantesco, pero también pequeño junto a su claymore clavada en la tierra que los superaba en altura por cinco pies. Todos los que habían muerto por el poder de su espada ya sabían que era así, pero aquellos que aun no los habían enfrentado, ahora sabían lo valientes que eran esos muertos y lo afortunado que eran al estar viviendo el final.
Mientras Montario agonizaba de dolor, de entre la multitud de guerreros, un pequeño hombre comenzó a abrirse paso lentamente. Parecía que nadie lo notaba, porque nadie lo miraba. Iba vestido con una negra sotana. Llevaba su cabeza escondida bajo una enorme capucha, y en su mano derecha portaba una guadaña mucho mas larga que la espada de Montario. Cuando estuvo cerca, costosamente se trepo por el cuerpo del guerrero vencido y cuando llego al hombro se sentó cerca de la oreja. Con su mano ocultando su boca, algo de dijo al oído. Montario, se volteó y lo miró al mismo tiempo que en forma de bruma, ese diminuto hombre se esfumaba.
En ese momento de confusión, Montario dubitativo tomo su claymore y cuando se disponía a lanzarse sobre sus enemigos, del cielo un haz de luz que separo los oscuros nubarrones, se pozo sobre su titánico cuerpo. Fue como si una paz lo envolviera, llenándolo de luz y armonía. Todas esas sensaciones le colmaron de un nuevo aire que no comprendió en un primer momento, pero que a medida que lo abrigaba más y más, comprendió sintiendo que eso que se había olvidado, volvía a tener sentido. Y entonces su mugrienta casaca roja, destiñéndose fue cambiando de color ante toda esa multitud de guerreros, que incapaces de comprender lo que veían, retrocedieron mismo tiempo. La casaca de Montario ahora era inmaculadamente blanca y resplandecía por sobre los demás. Luego de clavar su espada en la roca del risco, miró a la enorme masa de guerreros vencedores.
- ¿Porque luchamos?- preguntó con voz diminuta.
A pesar de su voz graciosa, la pregunta resonó en todo el valle. Muchos se miraron y muchos no comprendieron. Todos quisieron recordar y nadie recordó ¿Cual era el motivo por el cual luchaban en ese lugar? Nadie pudo recordarlo o dar una explicación. Montario descendió nuevamente al valle, y entre los guerreros, comenzó a caminar preguntando una y otra vez aquello que antes había preguntado. Muchos no se atrevieron a mirarlo y responderle, pero otros si y todos esos que si le respondieron, y se atrevieron a mirarlo a los ojos, y mover sus cabezas negativamente incapaces de saber la respuesta, experimentaron en sus mugrientas casacas azules una metamorfosis incomprendida, que hacia que se destiñeran y tornaran de un blanco inmaculado.
Así pues Montario camino, y camino, y camino, por muchos, y muchos, y muchos de kilómetros, y cientos, y cientos, y cientos de años, haciendo esa pregunta una y otra vez, y haciendo que los guerreros azules respondan y cambien de color su casaca, volviéndolas inmaculadas. Ahora después de casi trescientos de años de caminar y preguntar, Montario observo el camino andado y vio un sendero largo de guerreros inmaculados que lo seguían. Entonces sonrió, y se dio cuenta que ese pequeño personaje oscuro, que en aquel tiempo se había posado en su hombro tenía razón y que solo el iluminado le mostraría el camino.
Montario miro el risco, en donde había sido bendecido con la luz y diviso su claymore clavada en la tierra. Aun el haz de luz la iluminaba. La imponente arma entonces se inclinó hacia delante y atrás. Lo hizo varias veces, en un primer momento lento, pero después más y más rápido, más y más rápido hasta que con vida propia se desprendió de la roca y lanzó hacia la multitud de guerreros azules que miraban a Montario. Todos a lo largo de esos cientos de kilómetros, murieron ensartados por el filo de la espalda, y cuando Montario se hizo con ella de la empuñadura, un grito de furia y venganza surgió rugiendo de su garganta. Ahora los guerreros inmaculados, estaban con él a su lado.
Montario la leyenda, no dejaría que aquello que no se recuerda, se recuerde.

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